Viejo Mundo versus Nuevo Mundo.

 

 

Las guerras no siempre empiezan con una declaración. En este caso, y ya lo hemos señalado en este blog, la guerra empezó con una cata comparativa en 1976, una cata que en principio no debía de pasar a mayores: los franceses estaban seguros de su supremacía y los americanos tampoco llegaban con expectativas precisas.

Sin embargo, lo que ocurrió aquel día sentó las bases de la actual competencia entre los vinos del Nuevo y del Viejo Mundo y estructuró el mundo del vino tal y como lo conocemos. En esta histórica disputa, los contendientes pelean con armas y reglas del juego distintas, lo que hace tanto más difícil evaluar y comparar en realidad la calidad intrínseca de cada uno de los productos ofrecidos.

El Viejo Mundo tiene como fortalezas principales su concepto de terruño, plasmado en la idea administrativa de Denominación de Origen, con una historia y tradición de producción muy antiguas, y produciendo vinos de fuerte personalidad. El Nuevo Mundo en cambio, goza de una ausencia de reglas y legislación restrictivas, teniendo por consiguiente una mayor libertad de actuación, tanto en lo que se refiere a los lugares de plantación como a las técnicas de elaboración en bodega. Adicionalmente, y como consecuencia de lo anterior, se benefician de un mayor espacio de plantación, una climatología menos variable – lo que brinda unos vinos de perfil más idéntico añada tras añada, sin contar unos costes más bajos.

En cuanto a debilidades de ambos, el Nuevo Mundo explota poco el concepto de terruño y corre el riesgo de “cansar” al consumidor con el tiempo, buscando éste nuevos perfiles aromáticos y tipos de vinos, con más personalidad. El Viejo Mundo es a la inversa “prisionero” de su legislación estricta que obliga a los productores a respetar las reglas de la Denominación de Origen a la que pertenecen, teniendo que aguantar varios niveles de legislación: la nacional y la europea. Los costes son generalmente más altos y la climatología más caprichosa.

¿Cómo compiten los dos mundos? El Nuevo Mundo lo hace insistiendo sobre la noción de varietal – la más fácil de abordar y entender por el consumidor medio – mientras que el Viejo Mundo lo hace basándose en la noción de terruño. No es de extrañar por tanto que la relación que mantenga el consumidor con ambos tipos de vinos sea diferente. Se involucrará más con los vinos – y bodegueros productores – del Viejo Mundo (no es de extrañar la fenomenal acogida que tienen los productores de renombre en los nuevos países productores, en los que se les recibe como verdaderas divas y con una devoción propia de los grandes artistas) mientras que éste no será el caso de los caldos del Nuevo Mundo, más estereotipados y con menos profundidad, marcados muchos de ellos por el “estilo Parker”. Serán empleados para ocasiones de consumo desenfadadas e informales, manteniendo el consumidor con la botella – y su contenido – una relación más superficial y hasta frívola (salvo contadas excepciones).

Sin embargo, el consumidor curioso querrá a un momento dado ir más lejos, empezando por catar el mismo varietal que le gusta – y hasta cierto punto reconoce – de diferentes orígenes, comparando aromas, texturas y sabores. Éste será el primer paso de un camino que probablemente le lleve a adentrarse en el descubrimiento de caldos cada vez más complejos e interesantes hasta llegar a ser un conocedor de los mejores productores de Clos de Tart en Borgoña.