Sobre la dificultad de describir el vino catado.

¿Qué se busca en la cata del vino? ¿Es conocer algo nuevo, probar un nuevo maridaje, descubrir una nueva cepa o un coupage distinto? Probablemente la cata de verdad sea algo más que todo eso. Probar un vino es recibir en su cuerpo algo único, es estar abierto a un intercambio íntimo. De hecho, en tiempos de Luis XIV en Francia era considerado común que el rey hiciera sus necesidades delante de sus cortesanos, pero sin embargo comía sólo, por ser considerado ese acto como algo tan personal que no podía verlo nadie.

Hay quién dice que el vino es el espíritu dentro del agua y algo de eso hay cuando uno considera que el líquido que tiene en la copa es el resultado no solo de una interacción entre una planta y un terruño sino también de la intervención de un hombre con su personalidad, sus sentimientos, su carácter y su visión particular de su trabajo. Por todas estas razones, describir lo que uno tiene en la copa no se puede hacer con las palabras y metodología habituales (color, olor, sabor), con sus usuales y repetidas palabras (vainilla, madera fina, frutos de bosque, ahumados, …) y tampoco dejar en manos de cualquiera.

El vino transmite emociones – por lo menos lo que yo busco en un vino. Ni siquiera el placer, algo tan efímero que se olvida enseguida. La emoción es algo más duradero, algo que marca profundamente y se funde en el recuerdo, nutriendo y enriqueciendo el ser íntimo, la historia personal. Y claro, para describir una emoción estaréis de acuerdo conmigo que no se puede hacer hablando de sabores de frutas y de perfumes de tostados. Es necesario ir más allá, darle imagen a lo que uno siente, hablar de rasgos de carácter (lo que hay en la copa es como un niño adolescente enfadado, o una mujer seductora que no muestra todos sus encantos o una bola de energía que explota en la boca y transmite vibraciones positivas). Todo lo que permita enseñar o mostrar que un vino está vivo, que cuenta una historia, su historia particular de terruño, de uvas y de hombres es ir por el buen camino, es dar en la diana y abrir a otros el camino de las emociones.

Por otro lado, el ejercicio de proponer a otros la interpretación escrita de un caldo no se puede dejar a cualquiera. Primero porque no todo el mundo tiene la sensibilidad necesaria para entender lo que bebe. La mayoría de los vinos son vinos tecnológicos hechos por tecnólogos y catados con un enfoque técnico, fuera de toda consideración humana, de intervención de la mano del hombre. Producto fabricado sin sentimientos para gente que no los considera en lo que bebe. Luego porque la mayoría de periodistas y de pseudos especialistas no conocen el proceso de elaboración del vino que se esfuerzan en describir. ¿Cuántos falsos “expertos” sabrían llevar una vinificación, reaccionando adecuadamente a los caprichos del mosto en ebullición? Muy pocos, os lo puedo asegurar. Todos unos “morning singers”, como diría un amigo mío J. Por fin, tampoco estos mismos pseudos informadores han visitado la bodega o conocen siquiera al bodeguero o elaborador detrás del vino, su proyecto, dificultades, objetivos y ambiciones.

Pero volveremos en otros billetes a este apasionante tema. Y para acabar una foto divertida que más que mil palabras traduce la sensualidad y emoción del vino bien hecho, con amor y pasión. La encontré en un blog argentino, muy interesante y escrito por un verdadero poeta. Hay va el link: http://latrincheradejuande.blogspot.com/2007_08_01_archive.html

 

 

Y aquí no queda más que decir: ¡Olé mi niña!