Pero, ¿qué es el «pensamiento mágico»?

El gusto del vino no se reduce a su construcción molecular, sino también es el resultado de una construcción mental: existe tanto en la cabeza del que lo bebe como en su copa. Por ello, durante la cata entran en juego diferentes parámetros: criterios fisiológicos (si el catador está en forma o no), medioambientales, sociales...

 

Podemos esquematizarlo de la siguiente manera: Percepción = Catador + Vino + Contexto. El mismo vino degustado durante las vacaciones, en verano a la orilla del mar con un grupo de amigos, o en un vaso de plástico (¡de ahí la importancia de la elección del vaso!) en pleno invierno en un contexto menos agradable, no tendrá el mismo gusto: el cerebro encontrará el vino objetivamente mejor en el primer caso.

 

Otra experiencia: si damos a probar a un grupo de personas (aficionados o profesionales) un vino blanco teñido de rojo, los descriptores sensoriales utilizados por los catadores serán los de un vino tinto. O también, si presentamos un vino de buena calidad como un simple vino de mesa, y después como Grand Cru Classé, los descriptores serán claramente diferentes para el primer y el segundo caso. Por tanto, podemos hablar de «gusto del color» y de «gusto de la etiqueta» o incluso de «pensamiento mágico».

 

«No basta con que un alimento sea bueno para comer, también es necesario que sea bueno para pensar», afirmaba Claude Levi-Strauss. Por tanto, el catador está influenciado de forma muy significativa y es fácil de inducir a error, sobre todo cuando dispone de pocos datos. En consecuencia, una atmósfera lo más neutra posible es indispensable para catar de forma objetiva.