Los nuevos países del vino: China

Constituye el segundo viñedo mundial en términos de tamaño y, sin embargo, es uno de los más jóvenes. A principios de los años ochenta, China producía exclusivamente uvas de mesa.

 

Treinta y cinco años más tarde, sus viñedos, repartidos por más de 800 000 hectáreas, hace la competencia a Francia, España o Italia.

Entre 2004 y 2014, el imperio chino pasó a representar del 4 al 11 % de la superficie vitícola cultivada por todo el mundo. Estos viñedos están repartidos en una decena de regiones por todo el país, del suroeste al noreste. Algunas son áridas, como la provincia de Ningxia donde, plantadas a unos kilómetros del desierto de Gobi, las cepas disfrutan de una insolación óptima así como de noches frescas. En cambio, otras son glaciales, como es el caso, en particular, de la región de Toghua, en la frontera con Corea del Norte.

En la provincia de Xinjiang, en la frontera noroeste del país, las montañas dominan las llanuras desérticas. Con su clima templada y su suelo fértil, es una de las tierras predilectas de los viticultores chinos. Allí están plantadas cerca de 100 000 hectáreas de viñedos. Aunque las cepas internacionales, con merlot, cabernet sauvignon y garnacha a la cabeza, se han aclimatado a los múltiples terroirs del imperio chino, también encontramos variedades típicamente locales como el ojo de dragón, la vitis amurensis, la bei hong o también la bei me. De dondequiera de provengan, la mayoría de estas uvas está destinada a producir vinos para el mercado chino.

Cada año salen 11 millones de hectolitros de las bodegas de todo el país, convirtiéndose así en uno de los diez principales productores del mundo. Sin duda, no le faltan motivos para atraer la codicia de los grandes grupos vitícolas europeos.

 

Desde 2012, Moët-Hennessy explota una treintena de hectáreas en el viñedo de Mile, en los contrafuertes del Tíbet, donde nacen tintos destinados a terminar en las mesas de Pekín.