Kirios de Adrada: un proyecto muy personal en Ribera del Duero.

 

Visitamos para vosotros el otro día una bodega peculiar y muy personal en Ribera del Duero: Kirios de Adrada, situada en Adrada de Haza.

El proyecto, liderado por Jesús Lázaro, es un proyecto enfocado a la producción de vinos singulares, lo más próximos posible al terruño y que lo transmitan de la manera más pura posible.

 

Con una superficie total de menos de 20 ha, la bodega tiene una producción limitada, algunos vinos llegando a tener una tirada de unos pocos cientos de botellas. Los terruños se sitúan en dos zonas principales: la de Pardilla y la de Adrada de Haza.

La zona de Pardilla tiene terruños de suelos silíceos de textura franco-arenosa y viñedos viejos (70 – 100 años). Las principales cepas de la zona son las garnachas y las uvas blancas (pirulés, garnacha blanca, albillo, …), la mayoría recuperadas de viticultores ya retirados. La altitud de los viñedos se sitúa en este caso entre 920 y 990 metros sobre el nivel del mar, haciendo de esta zona la más alta de la Ribera.

 

La otra zona es la de Adrada de Haza, con viñedos más jóvenes (10 – 15 años), suelos arcillosos con textura franco-arcillosa y altitud similar (alrededor de los 900 metros). Aquí, la cepa reina es el tempranillo. En ambos casos, el factor altitud combinado con el de la exposición hace que los vinos de la bodega tengan siempre una acidez natural adecuada y bien integrada, garantizando el frescor y equilibrio de los vinos.

 

El enfoque de viticultura es claramente natural, biodinámica, volviendo a los principios de gestión de sentido común y escuchando profundamente la naturaleza y tratando de intervenir lo menos posible.  Se trabaja con animales y preparados biodinámicos, aplicando igualmente preceptos homeopáticos.

Simeón, un fiel e indispensable trabajador de la bodega.

En la bodega, la intervención es igualmente mínima, dejando los vinos expresarse lo más libremente posible, utilizando niveles mínimos de sulfuroso y evitando toda clarificación o filtración.

 

En el curso de su evolución – y ello se refleja en la evolución notoria de sus vinos – hay una búsqueda constante de acercarse a la verdad de cada terruño, de cada añada y de cada tipo de cepa. En el camino emprendido, Jesús ha ido entendiendo cada vez más y mejor sus viñas, yendo hacia lo elemental y despojándose de todo lo superfluo: la madera excesiva, una extracción demasiado marcada, … armándose de valor en el recorrido, ya que para llegar al resultado que vimos en las barricas y las últimas botellas, hay que arriesgarse y tomar decisiones saltando a veces al vacío. Y es precisamente lo que ha hecho Jesús. Con mucho éxito. Lo bueno es que el camino emprendido es todavía largo y que acercarse a la verdad o a la pureza, al “espíritu en el agua” como podríamos llamar al vino en una formula que puede resultar un tanto sorprendente, es una senda que lleva igualmente a un conocimiento profundo e íntimo de uno mismo.