Guerra y vino

 

Aunque se piense poco en ello, las guerras y los conflictos tienen un impacto directo en los viticultores instalados en las zonas calientes del planeta. Poco importan las bombas y las tensiones políticas: la vid necesita cuidados diarios.

 

En Siria, los hermanos Saadé ponen a prueba su imaginación para poder producir su vino. Bombardeado en numerosas ocasiones por los djihadistas, su viñedo de doce hectáreas está gestionado desde la distancia. Cada día, taxis cargados con frutas cruzan la frontera para permitir a los dos hermanos controlar la calidad de las uvas y decidir la fecha de las vendimias. A continuación, las uvas son recogidas por empleados de larga duración, antes de atravesar las líneas del frente para llegar al Líbano, donde son vinificadas y comercializadas bajo el nombre de Bargylus.

En Cisjordania, la familia Khoury se planteó el desafío de perpetuar la tradición familiar produciendo vinos tintos y blancos. Cada año, más de 30 000 botellas salen de sus bodegas. Unas botellas que estos viticultores esperar poder distribuir a nivel internacional con la mención Palestina, a pesar de las tensiones que imperan en la región. Las dificultades económicas que acompañan a los conflictos tampoco perdonan a los viticultores.

En Sudáfrica, durante mucho tiempo sufrieron el impacto del bloque que sancionaba el apartheid. Privados de cepas internacionales y de levaduras innovadoras, desarrollaron la pinotage, procedente del cruce entre la pinot noir y la cinsault. En la actualidad reconocida por su calidad, esta variedad servía entonces a producir vinos tintos destinados al mercado local, a falta de otra salida. Hubo que esperar hasta el final del apartheid en 1991 para que el viñedo recuperara su dimensión internacional.

 

Escrito por Alexandra Reveillon

22/12/2017